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La Chaya: harina, agua y albahaca

Festejo ancestral y de leyenda diaguita, La Fiesta Nacional de La Chaya en La Rioja convoca músicos de todo el país y gentes de todos los rincones. Una experiencia nada religiosa. Ya viene.

La remera amarilla que tiene puesta Daniel lleva escrito en la pechera: “El camión de German”. El sol riojano es implacable al mediodía y el amarillo se pierde bajo un paquete de harina que abierto se transforma en lluvia blanca. Luego es una nube de polvo que enturbia la atmósfera y asomados desde una vereda alta, se ve debajo, en la calle, a un millar de personas bailando, todos cubiertos de harina. Como si hubiera nevado en pleno verano La Chaya riojana es un enjambre de gente cuando empieza el fin de semana largo de los feriados de Carnaval.

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Harina, agua y albahaca son los elementos fundamentales de La Chaya que muestra una postal de alegría popular. La gente ríe y se tira harina. Hay vasos enormes con fernet y vino riojano en tetra. Los 37 grados trepan desde el suelo hasta la cabeza. Es tanto el calor y tanta la harina que la gente ya sabe que se va a embadurnar y para participar se viste con apenas una remerita musculosa y short. Los más avezados, se ponen pañuelo en la cabeza porque un desprevenido advertirá después, en la intimidad de su baño, que tanta algarabía en la ducha se transforma en engrudo. La Fiesta Nacional de La Chaya en la Rioja es tan fuerte como la procesión del Señor de la Peña y el Tantanaku. Y ni bien uno pisa suelo riojano en un día comprende la fuerza popular de una fiesta que sólo pensar en la harina se entiende que en el baño de este polvo, es la igualdad la que reina. Ricos, pobres, chicos y grandes quedan iguales, todos teñidos de blanco. Impactan las caras. Pero son segundos y hasta el recién llegado se confunde de inmediato con la masa humana.

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Hay varias chayas paralelas si se quiere y es bueno disfrutar de todas. Porque algunas son clásicos barriales en esta capital que no da tregua con su sol. Y menos a la hora de la siesta que sólo se suspende para esta fiesta. Cada barrio marca un día y un horario: 14 horas. Barrio San Ramón. Y allí una marea humana se encuentra, uno pegado con otro con el dato que pasó de boca en boca. Hay escenas tiernas de niños en los hombros tirando harina con sus manitas pequeñitas. Y escenas de amor, en ese revuelto de harina, agua y albahaca. Algunos, más tarde, ponen color con pinturas, se supone que lavables, en los rostros que terminan con rayas de colores. Hay un escenario donde no paran de tocar bandas de músicos que también muestran la huella de la Chaya. Teñidos de blanco, calor y agua en el cuerpo con una ramita de albahaca sostenida en la oreja. La gente corea todas las canciones y cuando digo todas es desde que empieza hasta que termina y se pone el sol y sigue la fiesta en el escenario mayor. El año pasado explotó el Autódromo riojano donde las noches colmaron el lugar con un público que rondó las 17 mil a 25 mil personas de viernes a martes salvo un domingo que una lluvia torrencial obligo a suspender esa jornada. De noche también se tira harina. Hay energía de sobra en esta región porque unas horas más tarde, siguen bailando cubiertos de harina en Chayas privadas. Más íntima. Los músicos abren las puertas de sus casas y a modo de reunión musical, su patio se transforma en peña, de esas donde todos tocan un instrumento y cantan, y también allí, en la intimidad del hogar donde entran hasta quinientas personas desde el mediodía hasta la noche, hay harina, agua y albahaca. Baile y mucha alegría. Es carnaval.

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En el patio de la casa de “Quique” Alamo  esquivo harinazos. Es un domingo a media tarde. La gente bailaba folklore. Le meten una chacarera y de nuevo. Grandes y chicos. En ronda, el público aplaude y tira harina. De una pileta, sacaban baldes de agua que volaba como un refresco por el aire. Todo se detiene por un instante.  El “PICA” Juárez. Toma su guitarra. Rasguea y dice por micrófono:  Escuchen lo que voy a cantar. Hagan silencio, presten atención. Y se larga nomás con el himno:  “El Camión de German”. Y la gente explota. Casi un pogo gigante. La gente salta a morir. El patio queda nevado de harina. No entra un alfiler en la casa. El Pica Juárez no pierde sonrisa. Su musculosa negra parece blanca. Su rostro también. Es caballero, El Pica. Le tomó la mano a Sandra para bailar mientras sonaba el violín, la batería y el bombo legüero. Bailan todos con todos alrededor de las parejas improvisadas que se arman junto a los músicos. Aunque sea en un recoveco la gente mueve las cachas. Y cuentan, cantan la historia del camión de Germán. La canción es un himno. Tan pegadizo que hasta el desconocido la tararea y baila.

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Dicen que Germán era un chico que salía todas las tardes con el camión de su padre a chayar. Iban todos sus amigos, El Pica Juárez iba siempre. Hoy es un himno que ha recorrido La Rioja, Cuyo y la Argentina. Su autor baila, canta, sonríe. Es joven y su banda suena de lo mejor. Una pelirroja despampanante, de blanca piel y de casi dos metros con minifalda roja entra con una morocha al patio de la casa. Son cuatro metros desde el portón hasta el patio y un segundo el que tardan en bañarlas con harina y agua. Se ensañan, son porteñas, sonríen. Abrazan su cartera citadina, metida dentro de una bolsita de supermercado, que sin embargo, no resiste el embate de los ingredientes del engrudo de cuando éramos tan chicos. Son Eugenia y Marina, que con menos de treinta años, y expertas bailarinas de tango, llegaron por primera vez en sus vidas a La Rioja para disfrutar de La Chaya. Pasan 48 horas y mandan mensaje de texto: “Vamos a la Chaya del Barrio la Vieja Estación”. Pasa un día más y como si hubieran nacido aquí, dan otras coordenadas a la una de la mañana: Fila cuatro. Festival en el autódromo. No se perdieron una jornada de La Chaya.

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Febrero en La Rioja es el mes de La Chaya. Es ancestral. Cuentan que esta fiesta nació en la época de los Diaguitas, entre valles y quebradas, entre el verde y la tierra colorada que abrazan las montañas. Las tribus se sumaban al ritual del agradecimiento a la Pachamama (Madre Tierra) que llamaban Allpa Huama por los frutos recibidos y para pedir por las cosechas del año siguiente. Y en una de estas tribus, vivía una joven llamada Challai que de tan bella era considerada un homenaje a la Madre Tierra. Algunos cuentan que Challai—La Chaya- se enamoró de un colono rubio que pasaba por la región. Otros dicen que la joven se enamoró del Pujllay, un semi dios picaresco que terminó convertido en el espíritu del carnaval Diaguita- Calchaquí. Las dos versiones concluyen en un amor que no pudo ser. Ni la joven fue aceptada por la familia del rubio ni el Pujllay correspondió con sus sentimientos. El Desengaño, el desamor y la desilusión la impulsan a retirarse hacia un cañadón entre las montañas riojanas. Y cuando la tribu salió a buscarla ya punto de encontrarla, la Chaya se transformó en nube y ascendió a la cima de los cerros. Desde entonces, dice la leyenda, cada febrero La Chaya regresa convertida en rocío que se posa sobre las flores del cardón. El Pujllay, entonces ebrio muere consumido en las llamas de un fogón. Hoy, es la alegría la que recorre las calles. El festejo lleva el nombre de ella: La Chaya y el Pujllay es un muñeco de trapo tamaño real que un poco desgarbado se lo acomoda como presidiendo los vaivenes chayeros desde su desentierro del primer día hasta el entierro o la quema que pone fin a la fiesta. Y es ahí cuando reina la calma. Cada barrio lo representa. Hay “comadres” y “cumpas” que comandan la ceremonia. Abren el baile en plena tarde. Hay vino, harina, agua y albahaca. La gente espera y una de las jornadas es el “topamiento”. Mujeres de un lado; los hombres del otro. Termina el baile. Se acercan los bandos pero no se tocan. Una, dos y tres veces hasta que se entrecruzan y se transforma en un amasijo amistoso la marea humana. Y ahí, parece, que cada uno elige a quien. La masa se confunde. La harina iguala Y el amor triunfa. Viva La Chaya.

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