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Un mundo de oro y cristal

La historia del cordón del Famatina en La Rioja reserva un viaje por su corazón de color ocre por donde corre un río que es amarillo y dibuja cañadones y aventura hasta el socavón de la mina La Mejicana a 4600 msnm.

Un viaje hacia el cañadón del Ocre y trepar hasta la cima del Famatina donde funcionó la mina La Mejicana casi un siglo atrás, fue una experiencia vivida hace un par de años de sumergirse en un paisaje donde las montañas y el río guardan el mismo color: oro.

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Los senderos crujen bajo los pies cuando uno camina en Huayrapuca. Porque están hechos de cáscaras de nueces partidas en millones de pedazos.  Es una finca de nogales antiquísima con una casona de adobe que fue reciclada a nuevo en pleno Famatina, La Rioja, y es un punto de partida para travesías en 4×4, cabalgatas y hasta parapente. La idea del oro une a la historia y al presente. Porque fue aquí donde un siglo atrás la capacidad de extracción generó una obra monumental de ingeniería para sacar el mineral en vagonetas que circulaban con un sistema de cable carril que todavía permanece en pie y que cubre unos 35 kilómetros desde la cima hasta la estación del ferrocarril desde donde se transportaba el mineral. Fue la riqueza y crecimiento de la región. Y hoy, por el contrario, algunas voces se alzan ante la posibilidad de que resurja la actividad minera. Mientras, hubo alguna oportunidad de disfrutar de pequeños emprendimientos que se basaron en disfrutar del paisaje, las travesías y de lo que ofrece la tierra.

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La sorpresa es un condimento esencial en un viaje y es la perla cuando hace unos años emprendimos la travesía hacia la cima del cerro Famatina donde la idea de oro inunda el paisaje. Todo era de color ocre. Y es literal. Porque que se trata de un mineral presente en las montañas con el que se hace la pintura latex, con ese color oro viejo y su nombre es Ocre.  Para un citadino que piensa en verde cuando habla de  campo y en el rojo y el verde cuando se refiere a Misiones, ver todo color amarillo oscuro es un descubrimiento en las almas de quienes buscan rincones desconocidos. Lo común es ver parte de las instalaciones de esta mina desde la vecina ciudad de Chilecito donde funciona en la vieja estación ferroviaria el Museo que narra esta historia que se visita habitualmente. Pero es a bordo de una 4×4 cuando puede sumergirse en la naturaleza de la montaña y sus minerales. Hace unos años, tuve la oportunidad de hacerla. Llevó todo un día la excursión y en el comienzo del viaje el sol animaba a cargar poca ropa y con aire de verano, los parajes que se sucedían a través de las ventanillas semejante a las viejas películas del Oeste americano. Por la inmensidad y la soledad de los caseríos. A cada paso, la ruta se transitaba sin mayores inconvenientes y comenzaban un sinfín de parajes  donde la leyenda o la mención de sus habitantes los bautizó por su nombre.  Siempre marchando sobre el camino que marcaron en un principio quienes construyeron la mina hace cien años y que siguieron los nuevos intentos de explotación.

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Cuesta entender como montaron las nueve estaciones que trepan en hilera la montaña. De hierro y como un mecano son torres que sostienen los cables de acero. Porque debieron montar las nueve estaciones que comunicaban con el cable carril los distintos socavones de donde se extraía el material y las vagonetas bajaban cargadas y volvía a subir. Ahora están ahí, tiradas en cada lugar. Y este mismo camino por momentos se transforma en el cauce y suena con fuerza el río Amarrillo y el color canta el nombre. Nunca el agua es cristalina,  es como si alguien desde arriba vertiera pintura todo el tiempo para aumentar su caudal hasta que encajonado cobra más fuerza y más color donde talló durante cientos de años su cauce. Talampaya un poroto. El famoso Parque Nacional, que es todo rojo, se reproduce aquí, en menor dimensión y de color ocre. Según la luz, por la mañana es amarillo brillante y al atardecer se amarrona. Hay un alto en el camino en este punto. El silencio reina, pasan cóndores y una manada de guanacos se espanta en la costa de enfrente. Es lo bueno de ir frenando. Los motores también sufren con la altura y apenas estamos en los 2600 msnm. Cuesta imaginar cómo hicieron los hombres que trabajaron para montar la obra ingenieril que tan sólo funcionó hasta 1926. El viento hace de las suyas y es cuando aparece el paraje Los pesebres, las tallas en las montañas dibujan los perfiles que dan nombre a las laderas y curvas.

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Dicen por aquí, que siempre se supo de la existencia de oro y prueba de ello es la Cueva de Pérez, quien se dedicaba a sacar oro en forma artesanal y dicen que su mujer, apodada la Mejicana, le dio al final el nombre al lugar. El camino trepa sin parar.

En toda la zona hay montañas blancas de yeso y verdes, por el hierro. La altura pone frío, muy frío el asunto y hasta congela el agua del río. La marcha era cada vez más lenta, como si los vehículos se resistieran en alcanzar la cima. Queda a 4600 mnsm. Las horas que lleva y por momentos, las rocas derrumbadas sobre la huella son un obstáculo para sortear. El cuidado fue aquí la herramienta.

Un punto en el horizonte serpenteante se transforma en camioneta cuando se está cerca. Pero, en esa gran distancia lo que se apreciaba era la dimensión imponente de la montaña y el río, que se parecía a un hilito de agua.

En aquella ocasión, cuando cada vez se alcanzaba más altura y al instante de llegar casi a la cima, el dueño de la finca Huayrapuca, Paulo Dalessandro,  frenó, descendió y anunció: Ahí está el socavón. Nada. Se ve un agujero, sostenido por una abertura de vigas de madera, bien fuertes y cientos de piedras, también, de color ocre.

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Aquí hace un frío de locos. Hay hielo y medio metro de nieve en las partes en las que el sol tarda en pegar. Del cielo despejado y el sol que encandila con el resplandor de la nieve  se pasa a la oscuridad total. Hubo que cerrar unos segundos los ojos para acostumbrarse a la oscuridad. Pero uno de los guías, quien conocía de memoria el sitio  “dictó”  los pasos a dar. “Cierren los ojos. Ahora ábranlos,  de a poco”,  dijo y recomendó,” vamos uno detrás del otro, pisen sobre mis huellas”. La nieve dentro del socavón llegaba a las rodillas. Cada segundo el frio era más intenso. El guionista de la visita a la mina recomendaba cerrar, otra vez, los ojos. Es lo mismo, no se veía nada. Es de noche  adentro. Y en tan solo un instante, al grito de “Ahora” y prendió linternas y encendió su foco ultrapoderoso para enfocar techo y paredes que se transformaron en un palacio de cristal.

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Cientos de formaciones de colores brillantes, azules y rojas, de años tras años, de gotas de agua filtradas entre las rocas, que cargadas de mineral, amontonadas y congeladas forman castillos de hielo como esculturas en cristal de Murano. La belleza del corazón de la montaña encandiló las almas. Hubo suspiros seguidos de un intenso silencio. Al apagar la luz  y ya no hubo noción del tiempo. El regreso generó adrenalina cuando la entrada a la mina se divisó como un punto de luz. Pero son cien metros apenas, que se caminan en segundos. Afuera era plena tarde de sol. La nieve seguía con su resplandor.   Unas piedras chatas a modo de bandeja, servidas con tomates secos, aceitunas, fiambres y quesos. Pan casero, hambre y tarde. Durante el regreso, la luz invirtió en colores que transformaban el camino de descenso en otro viaje  que serpenteaba entre cordones montañosos y el río mientras se apagaba el día desde las cimas de las montañas.

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Para tener en cuenta:

Es importante consultar con anterioridad la accesibilidad del camino, en verano por los deshielos que pueden provocar desbordes de los ríos y en invierno por el clima hostil y la nieve.

Campera y ropa de abrigo con guantes y gorro o sombrero son fundamentales porque en el ascenso desciende abruptamente la temperatura a mayor altura.

Protector solar y anteojos, protegen del sol, del viento y la arenisca que vuela. Para soportar mejor el viaje, llevar agua para hidratarse en forma constante.

En Famatina, Huayrapuca: Tel:  03822 – 15445814 / 03822 – 15446050

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