caviar de anillaco

Caviar de Anillaco

Viñedos, olivos y molinos de viento ultramodernos son parte de una travesía rural en suelo riojano: Pero la perla está en Anillaco, la cuna del ex presidente Carlos Menem con todas las leyendas que quedaron y una estación de cría de esturiones que produce caviar para el mundo.

 

caviar de anillaco

Unos ocho años atrás, caminando por una calle de Anillaco, en La Rioja, un chico en bicicleta se acercó y sosteniendo en sus manitas varias hojas escritas, convidó con una en la que había trazado un mapa con datos y precisiones de un “circuito” turístico para caminar y conocer lo que a su entender había hecho famoso a esta pueblo de dos mil habitantes. “La Rosadita”, la casa que las tapas de revistas editadas en Buenos Aires anunciaban como mansión y frente a la cual se hallaba también la de otro político de los años 90, la de Carlos Alderete, a dos cuadras la Bodega Menem y justo en la entrada del pueblo el complejo “Los Amigos” donde, aún hoy, recuerdan la llegada de Alain Delón (el actor francés que atrapó suspiros de las mujeres de todo el mundo décadas atrás) y la ya olvidada pista de aterrizaje que corre paralela a la ruta y que hoy, al igual que hace quince años, no es diferente a muchas pistas que existen en campos de la Argentina. El pueblo se mantiene intacto, aquietado y tranquilo. Los olivos están en las veredas y en las casas y hasta entrado el otoño muestran sus frutos. Hay viñedos, y muchos, porque aquella bodega, hoy San Huberto -dicen ahora propiedad de Carlos Spadone- de la cual también dicen que fue la primera bodega instalada en China, hace algunos años.

Lo cierto es que la gente que nació aquí es la misma de siempre y, en un ocasión, durante una viaje de trabajo, el transfer que nos trasladaba pasó por delante de “La Rosadita” y la curiosidad que picó en el grupo fue letal. Todos miraron e intentaron trepar a algo para ver en el interior de la finca.

Apenas por sobre un muro alto, de piedras, se alcanzan a ver las arcadas, las galerías y el parque con las plantas de olivos que acusan unos veinte años de crecimiento. No se veía a nadie. Y los curiosos se trepaban a un montículo de tierra para tratar de ver más. Pasó una señora que regresaba de hacer los mandados y con una sonrisa que le iluminó el rostro, siguió su camino diciendo: “¿Están viendo la casa famosa?”. El grupo quedó al descubierto, pero la idea de llegar a Anillaco era por otra curiosidad: Esturiones.

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Algunos dicen que aquí mismo se intentó criar pejerreyes y truchas. Otros dicen que fue el mandatario ruso, Mihail Gorbachoff, quien le obsequió a quien fuera entonces presidente de los Argentinos, Carlos Saúl Menen, unos alevinos (peces en su estado más pequeño) de esturiones, la especie originaria del Mar Caspio, de donde se extrae el “Caviar”, tan fino, tan exótico, tan inalcanzable por su precio. Más allá de los comentarios, en el borde del pueblo, un muro anuncia Esturiones. Una tranquera abierta conduce por un sendero de piedras pintoresco hasta un quincho Top. Adentro, a modo de microcine, una pantalla muestra en minutos nomás, la historia de los esturiones, de Rusia y del caviar. Impecable. Por fuera, el parque prolijo y decorado con plantas, exhibe carteles azules con cada especie de Esturión y una pecera donde el pez se mueve. Son 250 millones de años en este ser vivo, para apoyar aquello de “¿Vivo?”, la pregunta de Susana Giménez al referirse a los dinosaurios. Bueno, los esturiones han sido una de las especies que, casi casi, no han modificado su aspecto desde aquella época (la de los dinosaurios) y que ha sobrevivido a todas las transformaciones del planeta.

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El bicho es atractivo por lo exótico pero es verdaderamente un asco: tiene cuatro pelos gordos debajo de la trompa, son trompudos, y con esas ventosas gelatinosas barre el fondo donde succiona con su boca grande sin dientes. No tiene espinas, tiene huesos. Y en el lomo, digamos, tiene crestitas. De las veinte especies de esturiones que pueblan el Caspio, sólo cinco son para producir caviar, que son los huevos, esos de color negro que se sirven como exquisitez. En la estación de cría de Anillaco, hay tres de las mejores especies: Beruga, Ruso y Siberiano. Si estuviéramos en mar abierto, algunos de los individuos podrían alcanzar los ochocientos kilogramos de peso, enorme si se calcula que uno toro campeón en la rural puede alcanzar los 1200 kilos. Enorme, además.

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El misterio es por qué hacer esta producción aquí. Un experto que se hallaba en la finca en aquel momento,  contó que la especie, los esturiones, expresan la historia del planeta, si se quiere. Pero además reveló el dato económico mundial: un kilogramo de Caviar cuesta diez mil dólares en el mercado. Y un bicho en el mar podría contener cuarenta kilos de caviar en sus entrañas. Hagan cuentas. Pero ya nadie puede hacer ese cálculo multimillonario por cuanto la caza de estos bichos fue tan a mansalva que en diez años se terminó con el noventa por ciento de los esturiones. En Rusia se prohibió la venta del caviar, pero surgió el mercado negro y fue peor. La depredación fue total.

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Esta experiencia de criar y producir en La Rioja atrapó a varios inversores que vieron la veta con proyección a un par de años más. Se calculaba que en un año la primera cosecha de caviar  se vendería tanto como la carne de esturión a posibles mercados como Rusia, Polonia, Rumania e Irán.

Las tres especies de esturiones que pueblan los piletones del emprendimiento dibujan una cuadrícula hasta le horizonte cortado por las montañas riojanas.

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