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A volar mi amor

Las yungas tucumanas prometen un sin fin de travesías, desde rappel aéreo, kayak y canyoning, hasta el clásico trekking o mountain bike. Pasen y vean. Adrenalina en el Jardín de la República en camino hacia la Ruta40 tucumana.

Hay una pregunta shakespeareana cuando uno se asoma desde treinta metros de altura al vacío: ¿Me tiro o no me tiro? Hablamos de rappel “aéreo”. Así fue la experiencia en un tramo del recorrido en suelo tucumano para una cobertura en revista El Federal que ya no existe.

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Pero esta experiencia es común verla en documentales como hacen los deportistas pero sobre una pared de roca, la gente se tira, sostenidos por arneses, con sogas especiales que corren por un sistema de roldanas. Una ingeniería sencilla de compleja asimilación para los primerizos. Lo cierto es que en la provincia más pequeña de la Argentina, Tucumán, su yunga promete de todo. Y una de sus hacedoras en Jennifer Jansen que es bonaerense pero hace ocho años que reside aquí y conoce todos los secretos e invita recorrer por aire, agua o caminando los senderos, los ríos y sus áreas naturales. Tiene punch, Jennifer. Y debe ser esa la razón por la que el grupo la sigue cuando desde la histórica capital se recorren unos veinte minutos que la ruta necesita para meterse cada vez más adentro de la espesura. Ese manto verde y espeso que cubre todo se llama Yunga porque es única, no existe en otros países del mundo sólo ésta franja que llega hasta Bolivia. En la Argentina, sólo en el noroeste, son unos 600 kilómetros donde viven cien especies diferentes de animales. Y por su suelo, humedad y clima se la califica como uno de los biomas de mayor riqueza faunística. Hay amor en los guías que hablan de la yunga.

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En un claro el grupo de visitantes arma una ronda. Jennifer, la instructora de turismo aventura quita dudas e imprime ritmo y seguridad. “El rappel es lo opuesto a la escalada”, dice. Quiere dar confianza y dice que los chicos de escuelas secundarias la pasan bomba. Vamos a trepar por un senderito hasta allá arriba. Y ese allá, pone los ojos en línea recta con la columna vertebral y así y todo no se llega a ver el “arriba”. Se trata del Viaducto del Saladillo, que además es Monumento Histórico Nacional, una obra única en Latinoamérica y está en el corazón de las yungas desde 1884. Hasta se habían instalado en aquella época los hornos de ladrillos con los que se construyó esta obra. En paralelo, justo enfrente, se realizó otro viaducto más moderno hacia 1923 cuando las locomotoras comenzaron a superar el peso calculado para la antigua construcción. Y ahí estamos entre los dos viaductos. La altura igual es la misma. Pero la gente confía y casi podría decirse que está decidida. Camina y trepa, junto a Jennifer, por la ladera de la montaña que abraza al terraplén. Vamos ayudados por lianas y troncos, y calzando bien en la tierra y en las piedras cada pisada para no resbalar. La entrada en calor en el ascenso de a pie hasta la cima desde donde se arrojarán de a uno al vacío exige un poco de aguante, nomás. Hay jadeos, respiraciones en dos tiempos y ganas de arrugar, de pronto. Y es el instante en que se llega arriba, donde corren las vías férreas que sirven de plataforma de lanzamiento. Son 30 metros de altura y una imagen poco común, La yunga desde arriba.

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Así, como las aves, con un arnés y dos sogas especiales sujetadas desde las barandas del puente y con un sistema de roldanas, uno se parapeta hacia afuera del puente, bien sostenido y da un saltito al vacío que a los 70 centímetros queda sostenido y firme para comenzar a descender por el aire, en lugar de rebotar con los pies y las piernas flexionadas, como se hace habitualmente contra una pared de roca de una montaña. Esa es la explicación y el grupo ya viste ese arnés que te agarra la cola y las piernas y se abrocha en la cintura. Un horror. Sólo la instructora da imagen canchera con todas las sogas colgando. Como los limpiavidrios o “silleteros” de los edificios de Buenos Aires. Casi. Pero acá será una bajada sin andamio, entre sogas y aire. Y ahí otra pregunta: ¿Quién se tira primero? La gente retrocede y se hacen los distraídos. Pero, como siempre en la vida, existe un voluntario. Un kamikase, dirán los demás. Silencio. La instructora dice con voz super dulce, tomate de la baranda, pasás al otro lado y te ponemos las sogas de seguridad. ¿Estás? La adrenalina corre aunque se sepa que “no pasa nada”. La cabeza está en blanco y es hasta imposible escuchar la sencilla instrucción: Ahora saltá. Silencio. Las vías, la nada y el viaducto histórico. Y otra vez, soltate de a poco –dice Jennifer quien sostiene la soga de seguridad—y quedate apoyado con los pies hasta estar casi acostado, perpendicular. Pero el que se está por tirar parece no entender nada. Hay cara de pánico. ¿Y si todo resulta mal? La idea ocupa un segundo. Ahora o nunca. Imposible concentrarse. Y es fácil, en realidad. Toma el último aire. El último instante de coraje y con lentitud pasmosa se suelta una mando de la baranda a la que estaba agazapado como los gatos. Y con esa mano que una fracción de segundo estuvo en el aire, pasa a sujetar la soga. La otra mano aún está sobre la baranda es lo último que queda de sostén con “el mundo”. Nadie respira. Y la suelta, nomás, desciende lo prometido y rápido. Menos de un metro. Todo va perfecto. Casi es una sillita de oro el arnés. Las piernas extendidas, como sentado en el aire. Los brazos flojos, recomienda Jennifer y anima, una y otra vez, es lindo, no? Y es verdad.

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Es una genialidad esto de ir descendiendo sujeto a dos sogas que corren por el sistema de roldanas arriba. Uno mismo maneja la velocidad. Dan ganas de quedarse a mitad de camino, y flotar y volar. Se ve toda la selva sobre las montañas. Es una enormidad verdosa. Se ve un verde oscuro, espeso, hasta el cielo. Y los pies. Es como volar. El corazón late. Late y late. Y se tranquiliza de pronto a mitad de camino cuando ya se entra en confianza y se siente un experto en rappel aéreo. Todos se tiran al final, con el primer envión. El grupo quiere hacerlo otra vez. Quiere más. Al final, tanto hacerse rogar, todos exitadísimos quieren bajar una y otra vez. Pero ya está, advierte Jennifer quien promete más. Porque es el comienzo de un pack de multiaventura. Como señala el diccionario del turismo. Si queda garra, esperan el parapente, el kayak o una caminata. Hay para todos los gustos y vamos por más.

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Más datos para disfrutar del turismo aventura en Tucumán:

Hay que llevar ropa cómoda, shorts, zapatillas y remera. En un bolsito aparte, una muda de ropa seca, para cambiarse al final. Y disfrutar de la caída del sol en el Dique El Cadillal.

Las personas activas de cualquier edad pueden hacerlo, lo importante es la “aptitud”.

Pack Multiaventura X 3 días. El primer día rappel y raffting o kayak en aguas Blancas con visita a la villa turística El Cadillal y almuerzo en Parador Piedra negra. El segundo día, trekking, canyoning y rappel en cascada en la Reserva Natural Aguas Chiquitas. Y la tercer jornada, parapente y mini -canopy en Loma Bola con Mountain Bike en Horco Molle y tarde de Golf en Yerba Buena con almuerzo en Alpa Sumaj. Desde $ 910, con dos noches en hostel. El precio depende la elección del hospedaje.

Más información en la página web de Extremo Norte o en su fanpage

La excursión de canyoning consiste en una combinación de destrezas pero por el cauce de un río que describe cañadones y cascadas. Es una experiencia exclusiva. Es ideal desde octubre hasta abril.

Extremo Norte, brinda además, los elementos de seguridad entre ellos, cascos y salvavidas.

Extremo Norte tiene el parador y base de operaciones en Piedra Negra, junto al Dique El Cadillal.

Reservas: (0381) 425-8475 ) / (0381) 15 5 551116

Más información sobre el destino en la página web de Tucumán Turismo.

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